REGGIO EMILIA...LA PEDAGOGÍA FEMINISTA

Cuando hablamos de Reggio Emilia, de su filosofía pedagógica, rápidamente aparece en nuestra mente el nombre de Loris Malaguzzi. No puede ser de otro modo, por supuesto, pues él fue la persona que impulsó y dio a conocer la maravillosa experiencia educativa que se estaba desarrollando en un pequeño pueblo del norte de Italia, donde la mirada hacia la infancia y 
sus procesos de aprendizaje estaban marcando un nuevo camino de respeto y amor desconocido hasta entonces.
 
Pero, como ha pasado tantas y tantas veces a lo largo de la Historia, detrás del pedagogo, había un grupo de mujeres que fueron las grandes precursoras de este movimiento. Como él mismo dice, ésta fue “la primera victoria de las mujeres después de la guerra, pues la decisión fue de ellas”. La semilla, por lo tanto, ya estaba puesta cuando aparece en escena Loris con su bicicleta.
 
Es tan hermosa la historia, que parece un cuento…veréis…
Había una vez un grupo de mujeres que, tras la Segunda Guerra Mundial, sienten que la barbarie que acaban de vivir no se puede repetir jamás, y saben que esto solo se puede conseguir educando a los niños y niñas del futuro de una manera más respetuosa y amorosa. Ya ellas sabían lo que casi 70 años después nos dice Claudio Naranjo de “Cambiar la Educación para cambiar el Mundo”.
Las mujeres de la región, viudas y madres, se reúnen para poder cuidar entre ellas a sus hijos e hijas y poder así comenzar a salir adelante tras la tragedia vivida. Se forman verdaderas tribus de mujeres que se apoyan, se nutren y se unen para superar los traumas de la Guerra. Quieren un cambio para sus niños y niñas, y para la Humanidad, que saben pasa por un cambio en la cultura de la niñez.
Así pues, recorren los campos buscando trozos de tanques y camiones militares para venderlos y, con ese dinero, comenzar a crear la escuela que querían y soñaban. Esta historia, llega a oídos de Loris Malaguzzi, que ejercía en ese momento de periodista, y decide ir a verlo con sus propios ojos. Coge su bicicleta y pedalea hasta Reggio Emilia, donde lo que ve al llegar, lo transforma para siempre. Así lo cuenta: “Estas mujeres estaban limpiando ladrillos cerca del río, así que les pregunté qué estaban haciendo”, recordó. ‘Estamos haciendo una escuela’, respondieron ellas, y así comenzó todo. Las mujeres me pidieron que cuidara a sus hijos… ‘Nuestros hijos son tan inteligentes como los hijos de los ricos’, dijeron con orgullo, pidiéndome que les enseñara a sus hijos lo suficiente como para darles una mejor oportunidad en la vida. Les dije que no tenía experiencia, pero prometí dar lo mejor de mí. Aprenderé a medida que avanzamos y los niños aprenderán todo lo que aprendo trabajando con ellos”.
Y se queda con ellas, y aporta desde su conocimiento, y escucha a las mujeres que son el punto de partida, y…entre todas y todos, en comunidad, empiezan a caminar por un sendero nuevo y luminoso que nos enseñará una manera más amable de cuidar y acompañar.
 
 
 
De este modo, se fue forjando una filosofía que va más allá de una pedagogía, que es una mirada hacia la infancia y los procesos educativos, en los que la comunidad entera tiene parte activa y responsable. No se trata solo de educar, sino de educarnos en comunidad. De confiar en la capacidad de los niños y niñas como seres plenos desde su nacimiento. Seres capaces de aportar cultura y sabiduría a nuestras ciudades.
Es una escuela de la vida y para la vida, donde los maestros, familias, alumnado y comunidad van de la mano. Es una escuela inclusiva, respetuosa y abierta al cambio, a las nuevas miradas y a las diferencias. Y, en definitiva, una escuela feminista, pues su origen así lo fue y porque comparten la lucha y el objetivo, que es crear un mundo donde todas y todos seamos iguales en nuestras diferencias, aportemos y recibamos desde la libertad y seamos reconocidos como seres capaces y competentes.
 
 
 

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